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Hace poco más de un año, en
septiembre de 2000, estuvimos en esta región
para colaborar a difundir, a analizar y a debatir
la política cultural que el Presidente
Lagos compartió con el país en
mayo de ese mismo año.
Tal fue uno de los varios encuentros en los
que se dio a conocer esa política. Una
política cultural, como ustedes saben,
que es por ahora la política de un gobierno,
pero a la que es preciso hacer pasar a la condición
más exigente y estable de una política
cultural de Estado.
Sí; lo que Chile necesita en materia
de cultura es una política de Estado,
pero para llegar a ésta era necesario
contar antes con una política de gobierno,
esto es, con una explicitación de los
principios que el actual gobierno suscribe en
materia cultural, con una identificación
de los objetivos que se propone alcanzar en
este campo y con una identificación,
asimismo, de las líneas inmediatas de
acción que el gobierno se compromete
a emprender.
Eso es, precisamente, la política cultural
del gobierno una identificación
de principios, objetivos y líneas de
acción- que se ofrecen también
como un marco de criterios orientadores de las
decisiones que el gobierno debe adoptar en este
campo.
¿Cómo fue posible se preguntarán
ustedes- que el gobierno actual haya explicitado
su política cultural en mayo de 2000,
esto es, apenas dos meses después de
haber asumido? Ello fue posible merced a la
rica y abundante reflexión que hubo en
el país durante la década pasada
en lo relativo a políticas culturales
y diseño de una nueva institucionalidad
cultural pública. Una reflexión
que, entre otros momentos o hitos importantes,
tuvo la constitución de dos Comisiones
Nacionales de Cultura una en 1991 y otra
en 1997- y ese Encuentro que sobre la materia
celebró la Cámara de Diputados,
en 1996, en el Salón del Congreso Pleno,
y al que concurrieron agentes culturales de
todo el país.
Otros como ustedes ven- habían
hecho antes buena parte del camino que hizo
posible que el gobierno actual, a dos meses
de haber asumido, haya podido explicitar, compartir,
someter a discusión y aplicar una política
cultural, con vistas a llegar a tener algún
día una política de Estado en
este campo. Así, el Gobierno no se inventó
de la noche a la mañana cuál sería
su política cultural, sino que fue capaz
de recoger a este respecto las reflexiones y
propuestas que se habían ido produciendo
durante toda una larga década. Otros
que habían hecho antes buena parte del
camino cabe agregar-, entre los que se
cuentan, de manera muy destacada, quienes desde
1990 en adelante vienen trabajando en los organismos
gubernamentales de cultura, tanto a nivel nacional
como regional y comunal, y en los dos fondos
públicos concursables que para el ámbito
del arte y la cultura fueron creados durante
la década pasada.
Llegamos así a noviembre de 2000, momento
en el que la Cámara de Diputados comienza
la tramitación del proyecto de ley de
nueva institucionalidad cultural que el actual
gobierno presentó en sustitución
de la iniciativa que sobre la materia había
presentado el Gobierno del Presidente Frei en
diciembre de 1998. El proyecto de nueva institucionalidad
cultural crea un Consejo Nacional de Cultura
y un Fondo Nacional de Desarrollo Cultural,
y su aspiración es corregir dos imperfecciones
manifiestas de la acción del Estado en
materia cultural: por una parte y a eso
apunta la creación del Consejo Nacional
de Cultura-, corregir el carácter fragmentario
y disperso que tiene la actual institucionalidad
cultural pública; por la otra y
a eso apunta ahora la creación del Fondo
Nacional de Desarrollo Cultural-, corregir la
insuficiencia de recursos públicos concursables
destinados a la promoción del arte, la
cultura y el patrimonio cultural del país,
y la similar insuficiencia y debilidad de los
instrumentos de asignación de tales recursos.
Pero hay algo más: la existencia de un
Consejo Nacional de Cultura permitirá
instalar una sede en la que en el futuro se
podrán estudiar, adoptar, aplicar, evaluar
y renovar políticas culturales, tanto
de carácter nacional como regional, permitiendo
de ese modo lo que decíamos antes, a
saber, culminar el paso desde una política
cultural de gobierno a una política cultural
de Estado.
¿En que está actualmente ese proyecto?
Fue conocido y despachado ya por las Comisiones
de Educación y de Hacienda de la Cámara
de Diputados, y será votado próximamente
por la sala, quedando así en condiciones
de pasar luego al Senado.
Como ustedes pueden darse cuenta, hemos avanzado
desde un año a esta parte, y ese es uno
de los motivos de satisfacción que yo
tengo para estar hoy aquí: no sólo
que se trata de una de las regiones más
activas en el orden cultural, sino que contamos
hoy en el Congreso con una iniciativa legal
de nueva institucionalidad cultural pública
que ha avanzado exitosamente y con la que aún
no contábamos en septiembre de 2000 cuando
nos reunimos en esta ciudad según
señalé antes- en uno de los encuentros
en los que fue analizada la política
cultural del actual gobierno.
No hay que ver la tramitación de un proyecto
de ley en el parlamento como si se tratara de
una travesía del desierto. Es preciso
ver ese paso como una oportunidad para mejorar
los proyectos iniciales. El proyecto de ley
que crea el Consejo Nacional de Cultura y el
Fondo Nacional de Desarrollo Cultural tiene
luego de 11 meses de tramitación en el
Congreso un contenido mejor que el que tenía
cuando ingresó a tramitación y
estoy seguro de que al término de su
tramitación tendrá un articulado
mejor que el que tiene en este momento.
Pero no hay avances sólo en esta materia,
sino en la acción concreta y cotidiana
que a favor de la cultura desarrollan los distintos
organismos gubernamentales. Así, por
ejemplo, la Dirección de Bibliotecas,
Archivos y Museos se apresta a dotar computacionalmente
a todas las bibliotecas del país gracias
a un convenio con la Fundación Bill y
Melinda Gates; la División de Cultura
promueve con éxito el trabajo de nuestras
orquestas juveniles; la Dirección de
Asuntos Culturales del Ministerio de Relaciones
Exteriores y la Gerencia de Industrias Culturales
de Pro-Chile facilitan la presencia del cine
chileno en el extranjero; la Dirección
de Arquitectura del Ministerio de Obras Públicas
hace un levantamiento a nivel nacional de lugares
públicos de interés patrimonial;
el Consejo de Monumentos Nacionales apoya con
éxito la postulación de las Iglesias
de Chiloé como patrimonio de la humanidad
y crea cada vez mayor conciencia pública
y privada acerca de la importancia del patrimonio
cultural; el Departamento de Cultura de la Secretaría
General de Gobierno inaugura el portal "Culturachile.cl";
la Comisión Presidencial de Infraestructura
Cultural asigna recursos para recuperar, entre
otros lugares, el Museo Palacio Baburizza de
Valparaíso; y, en fin, el presupuesto
del Fondart y del Fondo del Libro crecen en
más de un 15% entre 2000 y 2001.
Permítanme concluir con una pregunta:
¿por qué el Estado debe tener
una institucionalidad en el campo de la cultura?
El Estado de Chile tiene deberes para con la
cultura. Y cuando digo deberes no me refiero
a obligaciones más o menos difusas que
dependan de la sensibilidad o buena voluntad
que los gobernantes puedan tener en relación
con los asuntos culturales. Me refiero, por
el contrario, a deberes jurídicos que
el Estado tiene para con la cultura, es decir,
a deberes en el sentido fuerte del término,
a deberes que al Estado le están señalados
en la Constitución Política y
en distintos tratados internacionales suscritos
por Chile en materia de derechos culturales.
Me refiero, en fin, a los deberes de hacer posible
la participación de todas las personas
en la vida cultural del país, de estimular
la creación y difusión artística
en todos los ámbitos, y de contribuir
al desarrollo del patrimonio cultural de Chile
y sus regiones.
Pues bien: para cumplir adecuadamente con esos
deberes se necesita contar con una determinada
institucionalidad cultural pública, es
decir, se necesita contar con organismos gubernamentales
de cultura; con dotaciones de personal idóneo
para la gestión de esos organismos; con
presupuestos que financien la actividad de esos
organismos y el trabajo de tales personas; con
instrumentos de asignación directa de
recursos públicos para el fomento de
la participación de todos en la vida
cultural, de la creación y difusión
artística y del desarrollo de nuestro
patrimonio cultural como nación; con
estímulos de carácter estable
que favorezcan la participación privada
con esas mismas tres finalidades; y con un marco
jurídico que de expresión y cohesión
a todos los elementos o componentes antes indicados.
A todo eso llamaría yo institucionalidad
cultural pública, aunque en un sentido
más restringido esta expresión
se suele utilizar para aludir nada más
que a los organismos gubernamentales que cumplen
funciones en el campo de la cultura.
Este es un "Encuentro Nacional de Regiones:
Por Una Nueva Institucionalidad Cultural"
y es claro que yo no he dicho prácticamente
nada sobre la dimensión regional de la
nueva institucionalidad cultural que se piensa
para el país. Lo haré, claro está,
en la segunda intervención que me corresponderá
hacer más adelante en este Encuentro,
porque la que ahora tiene lugar es tan sólo
una introducción general al tema que
nos convoca.
Sin embargo, es claro que la nueva institucionalidad
cultural, que operará a través
de un Consejo Nacional de Cultura y de un Fondo
Nacional de Desarrollo Cultural, se desconcentrará
territorialmente y que el proyecto de ley en
trámite contempla, por lo mismo, la creación
e instalación de los Consejos Regionales
de Cultura.
En la política cultural del gobierno
puede leerse lo que sigue: "Chile no se
conforma sólo con el crecimiento de su
economía, es decir, con el aumento sostenido
de los bienes y servicios disponibles. El país
tampoco se satisface con el desarrollo económico,
o sea, con el hecho de que el crecimiento económico
se traduzca en reales beneficios para las generaciones
presentes. Tampoco es suficiente un desarrollo
con equidad, que es aquél en el que los
beneficios del crecimiento alcanzan a todos
y no se concentran en un sector limitado de
gente. Tampoco basta un desarrollo sustentable,
es decir, un tipo de desarrollo en el que los
beneficios que consiguen las actuales generaciones
no se obtienen al precio del bienestar a que
tienen también derecho las generaciones
futuras.
El objetivo final es alcanzar cada vez mejores
niveles de un desarrollo auténticamente
humano, que es aquél que se mide por
la calidad de vida integral de las personas
y por la satisfacción de esas necesidades
y aspiraciones más intangibles y profundas,
que tienen que ver con la creación, acceso
y goce de los bienes simbólicos que provienen
del arte y la cultura de un país".
De eso, entonces, es de lo que se trata: alcanzar
cada vez mejores niveles de un desarrollo auténticamente
humano, pero no sólo en la capital y
en otros centros urbanos densamente poblados
del país, sino en todo el territorio
nacional.
Para eso están trabajando ustedes y muchos
otros agentes políticos, sociales y culturales
a lo largo del país. Trabajando casi
siempre en condiciones difíciles, pero
con el estímulo y la esperanza que dan
un gobierno y una sociedad que optaron tan deliberada
como necesariamente por tomarse en serio la
cultura.
"Chile está en deuda con la cultura",
tituló su informe final la Comisión
Presidencial de Cultura que trabajó en
1997. Probablemente siempre habrá una
deuda con la cultura. Pero es también
un hecho que con mayor convicción y energía
que antes nos hemos puesto en marcha para empezar
a saldar esa deuda.
"Taxi para tres" acaba de ganar el
exigente y competitivo Festival de Cine de San
Sebastián. Su director y el elenco de
actores contaban hace un par de días
al Presidente Lagos las dificultades que tuvieron
en la filmación y cómo es que
ellos, conscientes de la escasa difusión
que se pudo dar a la película en el marco
de ese Festival, fueron los primeros sorprendidos
al obtener el premio principal.
Allí, creo yo, hay toda una lección
que tendríamos que aprender. Una lección
que yo pondría en una sola frase: Se
puede. Sí, se puede. Chile puede continuar
mejorando su espesor o densidad cultural como
nación, pero para ello no basta con el
talento y la perseverancia de sus creadores,
artistas y agentes culturales. Se requiere mejorar
las condiciones objetivas que permitan la expresión
de esos talentos y un fruto más visible
y constante de esa perseverancia.
A ello se encamina la política cultural
del Gobierno y la nueva institucionalidad cultural
propuesta para el país. Ambas son simplemente
un paso. Un paso que no resuelve por sí
solo todas las carencias que tenemos en este
campo y que está lejos de acabar de pagar
nuestra deuda con la cultura. Pero se trata
de un paso importante, y quizás imprescindible,
en esa tarea de colocar, mantener y mejorar
las condiciones objetivas que hagan posible
el desarrollo cultural y, con éste, ese
desarrollo humano y no meramente económico
que el país se propuso alcanzar en el
momento que caminamos al bicentenario de nuestra
independencia. Sin Estado hay ciertamente cultura,
pero sin Estado no hay desarrollo cultural ni
posibilidades reales de instalar al país
en medio de un mundo que se globaliza como un
auténtico interlocutor cultural y no
como un mero receptor pasivo de las expresiones
culturales que se producen fuera de él.
El mundo no vive hoy horas felices, pero la
crueldad y la desgracia, al menos hasta ahora,
nunca han caído sobre el planeta para
quedarse definitivamente en él. Y aunque
se pueda tener el convencimiento de que las
cosas no irán del todo bien en el futuro,
lo que cada cual debe hacer no es sentarse a
lamentar esa circunstancia, sino poner todo
lo que esté de su parte para que las
cosas vayan lo mejor posible.
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