| El compromiso que consistía en
impulsar una nueva institucionalidad cultural por medio de una
indicación al proyecto de ley que sobre la materia presentó
el gobierno anterior en 1998.
El 16 de mayo del año en curso, esto es, a poco más
de dos meses de haber asumido como Presidente, anuncié
la política cultural de mi gobierno, en un acto que
congregó a cerca de medio millar de artistas, creadores
y gestores culturales en el Museo de Bellas Artes.
¿Cómo fue posible que un gobierno hiciera algo
semejante en tan breve plazo?
Simplemente, porque otros, durante la década pasada,
habían preparado el camino para ello a través
de distintas iniciativas encaminadas a reflexionar sobre la
situación de la cultura en nuestro país y acerca
del mejor diseño para la institucionalidad pública
de la misma.
¿Cómo no recordar ahora, y también agradecer,
el trabajo que en 1991 efectuó la Comisión de
Cultura que instalamos en el Ministerio de Educación
y que presidió Manuel Antonio Garretón? ¿Cómo
no recordar, y agradecer también, a quienes se reunieron
en 1996 en la Cámara de Diputados para llevar adelante
un Encuentro sobre Políticas Públicas, Legislación
y Propuestas Culturales? ¿Cómo no recordar,
en fin, el trabajo de la Comisión Presidencial de Cultura
que en 1997 presidió Milán Ivelic y que estuvo
integrada por destacadas personalidades del ámbito
cultural y político?
He ahí sólo tres de los varios hitos que marcaron
la rica y profunda reflexión que en materia de cultura
tuvo lugar en Chile durante la década de los 90. Unos
hitos que se vieron complementados con iniciativas tales como
los Cabildos Culturales y la instalación de los Consejos
Regionales de Cultura, Artes y Patrimonio.
Pero no solo tuvimos reflexión sobre asuntos culturales
en esa década. Tuvimos también acción.
Así lo demuestran, por ejemplo, la creación
del Fondart y del Fondo Nacional del Libro y la Lectura; la
entrada en vigencia de la ley de donaciones con fines culturales;
el posicionamiento público del tema del patrimonio
cultural; y todo el impresionamiento trabajo realizado a través
de los organismos gubernamentales de cultura, tales como la
Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, la División
de Cultura del Ministerio de Educación, el Consejo
de Monumentos Nacionales, el Departamento de Cultura del Ministerio
Secretaría General de Gobierno, y la Dirección
de Asuntos Culturales de la Cancillería.
Pero la sola mención de esos organismos pone ya de
manifiesto el carácter fragmentario y disperso que
tiene actualmente nuestra institucionalidad cultural. Fragmentario,
porque hay multiplicidad de organismos; y disperso, porque
tales organismos tienen dependencias de diferentes ministerios.
Todo lo cual, dificulta la acción de esos organismos
y trae consigo riegos evidentes de descoordinación
y hasta de duplicación de esfuerzos e iniciativas.
Pues bien: esa es una de las debilidades de nuestra institucionalidad
cultural que aspiramos a corregir por medio de la indicación
que firmaremos hoy, puesto que todos esos organismos pasarán
a formar parte o a depender de un solo organismo público
-el Consejo Nacional de Cultura-, que se crea por medio de
esta indicación.
Sin embargo, permítanme volver a nuestra política
cultural antes de proseguir con la explicación del
contenido del proyecto de ley que enviaremos con esta fecha
al Congreso Nacional.
Dicha política es una explicitación breve y
clara de los principios que mi gobierno suscribe en materia
cultural, de los objetivos que se propone alcanzar en ese
ámbito y de las líneas de acción que
se compromete a emprender para acercarse a la consecución
de esos fines.
Por lo demás, se trata de una política cultural
abierta deliberadamente al examen y discusión pública
de sus contenidos, cosa que se viene haciendo a través
de la realización de Diálogos sobre la misma
que están teniendo lugar en distintas zonas del país.
¿Por qué ese carácter abierto de la política
cultural y por qué esos diálogos públicos
en torno a la misma? Porque queremos perfeccionar esa política
en el futuro y ello sólo es posible si escuchamos a
todos los actores comprometidos en el tema. Una política
cultural es algo tan necesario como delicado para un gobierno
que como el nuestro entiende que la cultura no es un aderezo
del desarrollo del país, sino un componente indispensable
del propio desarrollo. De ahí entonces nuestro afán
por explicitar con rapidez la política cultural del
gobierno y con igual rapidez someterla a análisis y
discusión pública para su mejor difusión
y perfeccionamiento.
El Estado no puede dirigir la cultura de un país,
pero tampoco debe estar ausente de ella. Sin Estado hay ciertamente
cultura, pero sin Estado no hay desarrollo cultural. De ahí
entonces nuestra preocupación por definir una política
cultural que estuviera lejos de dos extremos inaceptables:
el dirigismo cultural del estado y el ausentismo cultural
del Estado.
En suma: ni dirección ni ausencia del Estado en el
ámbito cultural ¿Qué, entonces? Presencia
del Estado. Y presencia activa, porque es mucho lo que el
Estado puede y debe hacer en este sentido, tanto a nivel de
políticas como de instituciones, recursos, infraestructura
y gestión al servicio de la participación cultural,
la creación artística y la conservación,
incremento y difusión del patrimonio cultural de la
nación.
No hay que olvidar, tampoco, que ese deber de contribuir
al desarrollo cultural de país viene impuesto por la
propia Constitución Política. Se trata, entonces,
de un auténtico deber constitucional, que se suma a
tantos otros que el Estado debe cumplir para que las condiciones
materiales y espirituales de vida de la gente se correspondan
con el principio de dignidad de la persona humana.
Es por eso que una de las principales líneas de acción
de nuestra política cultural anunciada en mayo consistió
en propiciar una institucionalidad cultural pública
que respondiera a ese papel de presencia activa del Estado.
Para eso tendríamos que aprovechar el proyecto de ley
que sobre la materia fue presentado en 1998, así como
la discusión que ese proyecto suscitó al interior
de la Comisión de Educación de la Cámara
de Diputados, con el fin de introducirle las modificaciones
que sugirió esa misma discusión y que pusieran
a ese proyecto en el marco de nuestra política cultural.
Porque así es cómo deben hacerse las cosas:
primero el gobierno explicitó su política cultural,
y es en el marco de esa política que cinco meses más
tarde, un tiempo suficiente de estudio, hace ahora indicación
al proyecto de ley antes mencionado y propone un modelo de
institucionalidad cultural acorde con esa misma política
y con el estudio que hemos realizado.
El proyecto de ley de 1998 creaba una Dirección Nacional
de Cultura e instituía un Fondo Nacional de Desarrollo
Cultural.
Nuestra indicación a dicho proyecto mantiene por cierto
la creación de ese Fondo, aunque ampliando las líneas
de asignación de recursos del mismo, y sustituye la
mencionada Dirección Nacional de Cultura por una figura
institucional más abierta, participativa y flexible
que se aviene mejor con la naturaleza de los temas de cultura,
arte y patrimonio: un Consejo Nacional de Cultura.
Un Consejo Nacional de Cultura en cuyos niveles directivos
y consultivos habrá Ministros de Estado y en los que
habrá también una importante representación
de la sociedad civil y, en particular, de las distintas área
de la creación artística, del patrimonio cultural,
de las industrias culturales, de la gestión cultural
privada; de la educación y de las culturas de nuestros
pueblos originarios.
Un Consejo Nacional de Cultura que se desconcentrará
territorialmente en Consejos Regionales de Cultura, trasladando
así a las distintas regiones del país una capacidad
de definir políticas y asignar recursos en una medida
mucho mayor a la
que ahora tienen.
Un Consejo Nacional de Cultura cuyo Presidente tendrá
rango de Ministro para dar mayor eficacia a su relación
con el Gabinete de Ministros y con el propio Presidente, y
para dar mayor visibilidad a la representación tanto
nacional como internacional que el país requiere en
materias culturales.
Un Consejo Nacional de Cultura, en fin, que no sólo
pondrá remedio al carácter fragmentario y disperso
de nuestra actual institucionalidad pública en la materia,
sino que administrará un importante Fondo Nacional
de Desarrollo Cultural que asignará recursos en las
siguientes líneas: creación artística;
conservación patrimonial; desarrollo cultural regional;
desarrollo de culturas originarias; industrias culturales;
y becas para artistas, creadores y administradores culturales.
Sin olvidar tampoco algo de singular importancia: que con
la instalación de este Consejo, el país tendrá
un lugar donde se podrán estudiar, adoptar, aplicar
y evaluar políticas culturales públicas, con
participación real y efectiva no sólo de funcionarios
del Estado, sino de toda la sociedad, y, en particular, de
quienes más directamente se vinculan a las actividades
culturales en sentido amplio como también a la creación
artística y a la conservación patrimonial.
Por lo demás, este diseño de una nueva institucionalidad
cultural se inscribe en un trabajo más amplio de reforma
y modernización del Estado, que está a cargo
de una unidad de trabajo que funciona en el Ministerio Secretaría
General de la Presidencia. Algunos de los principios que guían
ese trabajo son conseguir un Estado más eficiente,
consultar la participación cuidadana en forma institucionalizada,
fortalecer la regionalización y lograr un adecuado
tamaño del Estado a las características del
desarrollo actual y futuro del país.
No es en el Estado ni en el gobierno en quienes hemos pensado
preferentemente al proponer este nuevo diseño de institucionalidad
cultural pública.
Es en la sociedad chilena en quien hemos pensado.
En el hombre, mujer y joven de este país que quieren
ser protagonistas culturales en su propio barrio, comuna y
región.
Es en los creadores que necesitan de libertad, pero también
de buenas condiciones materiales para producir y difundir
sus obras, en quienes hemos pensado.
Es en el público que quiere tener acceso libre y equitativo
a esas obras en quien hemos pensado.
Es en las personas y organizaciones que valoran nuestro patrimonio
cultural en quienes hemos pensado.
Es en quienes desarrollan las industrias culturales en los
que hemos pensado.
Es en nuestras culturas originarias en las que hemos también
pensado.
En tal sentido, proponemos una nueva institucionalidad cultural
para Chile, y, así como todos los diferentes actores
del mundo de la cultura han tenido ocasión de manifestar
sus opiniones sobre la materia en el curso de los últimos
años, así también, en los análisis
que la indicación que hoy procedemos a firmar tendrá
en ambas ramas del Congreso Nacional, esos mismo actores tendrán
una nueva y valiosa oportunidad para exponer sus puntos de
vista y colaborar de ese modo a que al final del camino podamos
tener la mejor legislación sobre institucionalidad
cultural que el país se merece.
En la década pasada iniciamos un camino. En mayo de
este año, con el anuncio de una política cultural,
dimos un significativo paso adelante. Y ahora, con esta indicación,
damos cumplimiento a una antigua aspiración y también
a un compromiso plasmado en esa política: contar con
una institucionalidad cultural moderna, eficiente, abierta,
participativa y plural.
Así es la democracia: avanza siempre gradualmente,
paso a paso, sin grandes saltos, pero también sin innecesarios
sobresaltos ni traumas.
Tenemos hoy buenas señales y auspiciosas estadísticas.
Los asistentes al teatro más que se duplicaron entre
1989 y 1999. Otro tanto ocurrió con los asistentes
a recitales. En el caso de los conciertos, la cantidad se
triplicó en ese mismo período. Aumenta el número
de salas de cine y asistimos hoy a una verdadera expansión
del cine chileno, dentro y fuera de nuestras fronteras. El
país imprime ahora 22 veces más libros que hace
una década y se torna cada vez más masivo el
acceso a las nuevas tecnologías que facilitan la llegada
de todos a los objetos culturales.
Florecen las orquestas juveniles a lo largo del país
y una de ellas hace famoso en Chile y en el mundo a la ciudad
de Curanilahue.
Se rescata y difunde nuestro patrimonio cultural y miles
de personas, precisamente en el Día del Patrimonio,
sienten como propios los espacios y edificios de valor que
antes observaban con lejanía y tal vez con intimidación.
Vivimos un auténtico auge de la novela, el ensayo
y la poesía en nuestro país.
Ministerios como los de Relaciones Exteriores, Obras Públicas,
Vivienda, Transportes y Bienes Nacionales, y desde luego Educación,
tienen cada vez más en cuenta las dimensiones propiamente
culturales de su trabajo. Así, por ejemplo, 500 buses
de los varios miles que recorren a diario la ciudad de Santiago
se han transformado en verdaderas galerías de arte
móviles desde la pasada semana. Así, por ejemplo,
en el diseño de nuevos conjuntos habitacionales se
contemplaron espacios para la cultura y un porcentaje de las
obras viales que se ejecuten debe ser destinado a enriquecer
dichas obras con objetos culturales que las hagan más
atractivas y hermosas.
Fiestas de la cultura se desarrollan en todas las regiones
del país y permiten días de alegría y
participación a millones de compatriotas.
Y en el proyecto de ley de presupuesto general de la Nación
para 2001, que enviamos recientemente al Congreso, el área
de cultura tiene el importante crecimiento de un 16%.
La década que tenemos por delante se percibe aun más
promisoria, aunque los resultados que aspiramos a obtener
son no sólo responsabilidad de un gobierno, sino de
toda la sociedad.
El paso que damos hoy, consistente en reanudar la tramitación
de un proyecto de ley de nueva institucionalidad cultural
por medio de una indicación sustitutiva que crea el
Consejo Nacional de Cultura, es sólo eso -un paso más-
y dista mucho de ser todo lo que tenemos que hacer en favor
de la cultura. Pero se trata también de un paso fundacional
importante que facilitará otros que es preciso dar
también en la misma dirección.
En un mundo crecientemente globalizado sólo subsistirán
con genuina identidad aquellas naciones que sean capaces de
aumentar su espesor cultural. Las demás, las que no
consigan esa mayor densidad cultural, se confundirán
unas con otras y serán probablemente víctimas
de la hegemonía cultural de las naciones más
poderosas.
Para que Chile siga contándose entre las primeras
y no entre las segundas, es preciso trabajar duro y bien a
favor de nuestra cultura, no para parapetarnos tras ésta
y defendernos de otras culturas, sino para ser interlocutores
culturales reconocibles y reconocidos en un mundo que se globaliza.
Gracias por acompañarnos esta tarde.
Gracias a ustedes y a todos quienes ustedes de algún
modo representan por el trabajo que hacen a favor de la cultura
en nuestro país.
Gracias, sobre todo, a quienes trabajan con gran esfuerzo
en los organismos gubernamentales de cultura, cuyos derechos
hemos tenido especialmente en cuenta al momento de hacer esta
indicación.
Son muchos hoy los que nos observan desde el rico pasado
cultural de la patria: un Bello, un Vicuña Mackenna,
un Arrau, un Neruda, un Huidobro, una Mistral, un Antúnez,
una Violeta Parra, un Siena, un Pedro de la Barra, una Bombal,
un Jorge Millas, un Víctor Jara.
En nombre de ellos y de tantos otros, les invito hoy a redoblar
nuestros esfuerzos por hacer de Chile no sólo un país
más rico, no sólo un país con mayor crecimiento,
no sólo un país más equitativo y justo,
sino también un país que pueda ofrecer a sus
habitantes un desarrollo humano que tenga debidamente en cuenta
la dimensión espiritual de la vida humana.
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